Dulzura
>> sábado, 15 de diciembre de 2012
Esta historia tiene a un personaje que ha rogado mil veces por ser de papel y tinta, y no vivir lo que escribo para ustedes esta noche. Esta historia satisfacerá a unos cuantos, molestará a otros tontos y será comprendida por unos pocos.
Mi historia nos retorna cinco años y unos meses en ésta vida. 2006, problemas, un acceso a educación media, una huida de la casa paternal, drogas, deudas, un amor pilar, asesinatos, huidas, una muerte que hirió. Una muerte que mató. Los cimientos de la vida hechos polvo en un fin de semana.
Él ya no quería nada, se sentía conforme con lo que había logrado en la vida. Por un par de problemas dejó de vivir con su familia y se fue con un amigo. Estudiaba y trabajaba. Vivía e estancado. Él jugaba, esperando a que de una vez por todas un disparo se decidiese a arrancarle la vida en un suspiro de pólvora, nicotina y plomo. Vivía sin un vivir real. Hasta una noche de octubre.
Entró al lugar como en tantas ocasiones, tomó el mismo lugar en una esquina de la planta superior donde no se escuchaba música, zona desierta la mayoría de las noches. Esta perteneció a la minoría. Esta noche marcaría un cambio, un golpe irreparable en la vida de nuestro muchacho. El procedimiento para seducir a una chica en un bar puede enlistarse: ver la zona, acercarte, hablar, reír, invitar tragos, decir estupideces elegantes e interesantes…una lista realmente larga. Pero por esta vez, las instrucciones quedaron liadas en una mente sofocada por ella. Tez clara, poco más de metro y medio, delgada, cabello negro enmarañado, nariz respingada, lentes de pasta, ojos cafés, labios rosas, nada de maquillaje. Quiza nada especial, a los ojos de muchos, una diosa griega para él. Se sentó frente a ella y la vio por lo que pudieron ser horas...unos minutos en la vida real. Ella se alejó naturalmente asustada. Él reparó en lo que hacía y ofreció disculpas, atropelló palabras, enrojeció y ella, aún cubierta por aquel libro, dejó salir un par de risas. Ambos rieron.
Se enteró, junto a un café, que ella vivía cerca, que no le gustaba salir, pero que ese día tenía que ver a su hermano mayor en aquel bar para que lo acompañara a visitar a una tía enferma, que sus papás estaban tramitando el divorcio, que no estudiaba, pero que leía bastante para no sentirse inculta, que no había tenido pareja en años, pues quitaban el tiempo y que se mantenía soltera, que ella cumplía años en abril, que le gustaban los tulipanes, que su hermano ya había tardado mucho. Que se sentía vacía. Los temas fluyeron, pero desafortunadamente el tiempo también lo hizo. El hermano de ella llegó llamándola por su nombre “¡Daniela!” lo que rompió la atmosfera de ese sentimiento inexplicable que se mantenía en el solitario piso. Antes de irse, deslizó una servilleta con unos números garabateados y un croquis. Él no cabía de gozo.
Salieron un par de veces en el transcurso de ese octubre. Salas de exposiciones, librerías, cafés, bares silenciosos, Reforma. Se besaron por primera vez un cinco de noviembre. De regresó a casa de ella, vio el libro que la cubría cuando se conocieron: Rayuela, de Julio Cortazar. Ella se lo dio a leer, y fue quien lo ayudo a crecer, a salir de ese estanque. Utopía. Era un sentimiento más grande que la felicidad, que no debe ser nombrado.
La relación avanzaba tan rápido como las exhalaciones del universo. Comenzaron a tener amigos en común, a comer y dormir en casa de ella cuando los padres no estaban, con el consentimiento del hermano. Vivir para ellos. Todo iba sobre ruedas, la pareja perfecta se vislumbraba a una edad lo suficientemente tierna como para vivir una perpetuidad más grande.
Él se cegó, él se mintió. Ella necesitaba un pilar, un árbol donde detenerse durante la tormenta que vivía. Él lo fue, y nunca se perdonará por ello.
Daniela, nombre maldecido, lo convenció de pasara la época decembrina con sus seres queridos, que olvidara los problemas y que abrazara a sus papás, a su hermana. Él alimentaba la idea de que ella era la elegida. Para su siguiente cumpleaños, ella le ofreció el mejor regalo que él ha recibido en toda la vida: su virginidad y la promesa de estar eternamente unidos. Pasaron los meses, los problemas de ella aumentaban pero siempre estaba él. El pobre tonto se volvió su roble y protector. Su guerrero de sangre. Él mismo no podía cuidar su vida y se comprometió a salvar la de ella.
Llegó Abril y con él el desequilibrio en la vida de ambos: los padres de la chica se divorciaron finalmente, un amigo del chico había matado a una persona y necesitaba toda la ayuda posible. El muchacho hizo demás, se dejó llevar y llenó de sangre sus manos. Ideó un plan, irse de la capital del país un tiempo en lo que las cosas se calmaban, o morir donde nadie lo conociera, no generar habladurías y perderse en una fosa común. No quería irse y lastimarla con ello, por lo que tomó la peor decisión en su vida: dejarla. Fue unos días después de su cumpleaños, inventó una mentira, ella lloró y agradeció. Lo despidió en la puerta, cuando él dio la vuelta, tuvo un presentimiento que no supo razonar. Groso error. Al siguiente día, él pisaba Guadalajara junto a su amigo. Pasaron quince días sin que él supiera algo. Y quizá habría preferido eso.
Cuando volvió y la buscó, quince días después, se dio de frente con una fría lápida de metal y ninguna cara amiga. Los amigos en común le daban la espalda, los padres de ella volvieron a unirse sólo para hacerlo sentir como una porquería mayor. Él único dispuesto a darle información fue el hermano de ella, a cabio de una rotura de nariz y vomito sanguinolento.
Daniela había tomado una sobredosis de tranquilizantes un día después de que él se fuera a Guadalajara, la intentaron ayudar, pero murió el domingo a las once de la noche y enterrada el lunes a medio día, el momento favorito de ella. Le había dejado una carta y una lista de canciones. Un amor eterno conservado por la muerte. Él quería matarse, quería reunirse con ella y enmendar su error. Una jeringa llena de heroína parecía ser el camino, hasta que una de las amigas que le había dado la espalda lo hizo reaccionar, le hizo abrir los ojos a la realidad de la dependencia de ella hacia él y los ataques que le habían costado la vida. Lo convenció de dejar los intentos de suicidio y comenzar a vivir sin ella. Pero el daño estaba hecho, y él aun en día los intenta curar, al parecer sin mucho éxito.
De esto hace ya varios años. Ya cambiaron la lápida, hay un tulipán muerto junto a ella; los padres de ella volvieron a unirse en lo que duró el velo, después volvieron a separarse y están en paz; el hermano ganó una beca en Canadá, y parece que no volverá; el amigo que vivía en Guadalajara murió hace un año debido a problemas relacionados con el narcotráfico; nuestro personaje volvió a casa de sus padres y estudia una carrera profesional ahora; no ha sabido nada de la mujer que fue su voz de la razón el tiempo en que duró la tempestad; nuestro antihéroe vive, pero a veces se tropieza y teme levantarse, tanto como teme el volver a abrir esa carta y la lista de canciones que conserva en el rincón más recóndito de su habitación.
Y no, esta historia no es una invención, yo lo ví todo desde mi azotea nocturna, mi vida anclada a la de él.
Procuro no participar en las conversaciones privadas que mantienen entre sí los doctores para los que trabajo, pero dada la estrechez del lugar tampoco puedo evitar escuchar lo que dicen.
La charla de ese día versaba sobre enfermedades, de virus y de fármacos raros. Dado su alto conocimiento técnico (Cinco doctorados, quince artículos publicados en revistas nacionales y uno en Science, en total) apenas conseguí entender palabras sueltas: plaquetas, hematíes, rinovirus, anticuerpos…
Anticuerpos…anticuerpos…‘curiosa palabra’, pensé. Anti, prefijo que significa “en lugar de”, o “contra de”, seguido del lexema “cuerpo”. Sumados, compondrían algo así como “en lugar del cuerpo”, o “contra el cuerpo” (no olvido las lecciones de Latín en CCH después de todo).
¿Contra el cuerpo? ¿qué puede haber contrario al cuerpo? Sé de gente acomplejada con su físico, que no le gusta, lo rechaza o lo hace mutar a base de dinero, bisturís y comidas reducidas. En tales casos, podría decirse que la mente estaría en contra del propio cuerpo. Que el anticuerpo sería, esencialmente, su cabeza.
Pero también, si a mí me dieran a elegir, “en lugar de” mi cuerpo prefiero su cuerpo. Disfruto más de su piel que de la mía. Sus curvas, sus poros, su vientre, sus pechos, su cuello… ¿Sería ella mi anticuerpo?
Nada más tomar un descanso del trabajo, le llame.
- Eres mí anticuerpo - le dije. Y colgué.
Minutos después recibí un mensaje de texto suyo:
“No he podido evitar encerrarme en un baño del colegio para tocarme tu anticuerpo mientras pienso en ti”.
Sonreí y volví al laboratorio, esperando escuchar otra palabra que me inspirará un nuevo sustantivo para dedicarle a ella.
Gabardina negra, un sombrero de ala ancha y los zapatos del trabajo. Un paquete iniciado de cigarros, el encendedor y el cuchillo sujeto en el cinturón. Caminata nocturna.
La colonia sumida en silencio logra que te hundas más en la molestia, en la violencia y demencia...en la impotencia existencial. Lo único que acompaña tu andar es el eco lejano de tus pasos y alguna nota navideña de las luces con que adornan tu calle. Continúas, inicias el primer cigarro y calas hondo, lastimándote la garganta y esas viejas cicatrices. No importa, sigues, te consumes y caminas. El tiempo no importa, el tiempo no es algo que te interese ahora, son las tres y media de la mañana y sólo quieres dar salida a esas ansias. Miras tu sombra burlándose de ti, caricaturizando tu andar ondeando la gabardina que otrora perteneció a tu abuelo. Tu caminar sin sentido, el sombrero y el mango del cuchillo destacando de tu pantalón, te produce disgusto.
¿Dónde quedaste? ¿Dónde está el muchacho orgulloso e imponente? Oculto entre las sombras del pasado y la locura, encadenado cual Prometeo por dar la luz a un ser despreciable que se revuelca en oscuridad. Reptando por las calles vacías, buscando una víctima para saciar su arranque de furia y así poder descansar tranquilo esta noche.
No pasa más de veinte minutos cuando una silueta se descubre bajo un poste del lado izquierdo de la calle. Ha llegado un afortunado. Por impulso, abres la gabardina y acaricias el mango del arma. Él camina hacia ti cuando tu sombra lo alcanza, tiras el cigarro, sonríes, saca una pequeña navaja y se abalanza contra ti. Groso error. Tu arma sale del cinturón con un movimiento limpio y entra completa en el abdomen del asaltante. La mueca de dolor en su cara te divierte, giras el cuchillo para provocar un daño aún mayor. Se retuerce, deja caer su arma, sus piernas se colapsan y caé al suelo hecho un ovillo. Notas que toma aire para gritar, tu mano libre aprieta la faringe para impedirlo. Está aterrado. Te burlas en su cara mientras la desfiguras con los dedos. El cuchillo juega en el pavimento junto a su oído izquierdo. Un perro ladra, decides que es el momento final y golpeas la cara del sujeto. Se protege el rostro y entonces haces la jugada final: pasar el cuchillo por su cuello, de izquierda a derecha en un degüelle perfecto. Tres perros más se han unido al coro. Debes irte. Aprovechas un fallo en la calle que da una pequeña barranca para tirar el cuerpo.
Caminas de regreso, la paz invade tu cuerpo a pesar del cansancio. Tarareas las notas navideñas. Ahora tu sombra es benevolente contigo. Ha llegado un suplente en cuanto a grandeza en tu porte. Ve a casa, toma un baño para quitarte el sudor y la sangre, descansa.
Te escucho en silencio, cada palabra es un ariete en mi cabeza y cada sollozo son cientos de flechas dando contra mis sienes. Asesino mis cuerdas vocales por respeto a tu duelo antecediendo al mío (la calle no importa, la sangre tampoco, sólo estás tú, lo que me interesa eres tú). Te veo entre nuestras lagrimas y sólo alcanzo a escupir uno que otro “ajá, ajá” junto a borbotones de sangre. ¿Qué puedo decir ahora que parezca reconfortante?
Aquí, viendo la lluvia de estrellas sobre el callejón, no puedo engrapar las fisuras de tu pasado (ni del mío, ni del nuestro), pero sí tenderte un cachito del tiempo que me resta, el tiempo que duren las pulsaciones, o lo que tarden las sirenas en llegar, lo que pase primero pero que prolongue a su vez tus palabras.
Y siguiendo el hilo ahora comprendo por qué me lo estás contando precisamente a mí, un nuevo desconocido debido a los años apartados. Ahora sé que todo tu entorno está implicado, que todos forman parte del problema sin saberlo. Cometiste un error que no te perdonaría nadie de los que dicen quererte… Tal vez te pese más comenzar de cero y huir que afrontarlo o negarlo o esconderlo bajo siete llaves. Aunque ciertas cajas fuertes acaben por oxidarse por dentro y lo pudran todo.
El paso del tiempo cura heridas pero no regenera las mutilaciones del alma. La memoria no siempre actúa como la cola de una lagartija, sino como un miembro que se pierde y nunca crece.
No puedo decirte nada que te reconforte, pero si proponerte algo:
Usar una prótesis que compense el muñón de ese error. Aprende a vivir con tu cojera: hazla sexy. Empieza de cero si es lo que quieres, pero asegúrate de que tu nuevo entorno sepa que la nueva Eva no es la costilla de ningún Adán, sino la que mató a la serpiente de su pasado. Tampoco trates de evitar que esos lindos ojos rojos te delaten. Las lágrimas te sientan bien. Hacen juego con la sangre que baña el suelo y mi camisa (los peritos rodearán con gis las gotitas de lágrimas, como si fuesen pequeños cadáveres junto al mío).
Supongo, ahora que tengo el puzzle resuelto (o que creo tenerlo, realmente, pero dado el poco tiempo que tengo diré que está resuelto), que al haberme afectado cometiendo ese error creíste que disparándome, el error se limpiaría de tus antecedentes. Espero no ser ahora el parte aguas de un mal inicio. Corre, las luces titilan en la calle de junto y los policías comienzan a bajarse de las patrullas. Suerte. Adiós.
Eliminados ya los momentos más propicios por cobarde (y pendejo), el adolescente al fin cerró los ojos, se armó de valor y besó a la adolescente por primera vez en el asiento longitudinal del metro. Giró la cabeza hacia ella y, al ver que ella no giraba la suya dobló su cuerpo hacia sus labios y la besó. Al primer contacto ella se mantuvo quieta, erguida (no lo esperaba o al menos no ahí, no en el túnel entre Zapata y Coyoacán), pero luego se dejó besar, abriendo un poco la boca, sólo un poco, a la espera tal vez de su lengua, la primera lengua ajena en contacto con la suya.
Rara sensación pero a su vez excitante, como toda novedad mitificada en los juegos de la escuela, en las películas, en la televisión o en las canciones. Así pues, en el instante del beso, ambos sabían lo que tenían que hacer aun sin haberlo hecho nunca: Pegar sus labios y dejarse llevar él por ella y ella por él. Tantear luego el terreno sacando tímidamente la lengua, como sin querer, buscar la opuesta al otro lado de la frontera de sus dientes y que las lenguas se rocen y se ablanden si están tensas y se muevan lentas; que nadie interpreta la urgencia en el otro.
Después es cierto que cuesta saber cuándo dejar de besarse. Ellos dos lo hicieron sin más, quedó algo frío: Separando él su boca de ella y apartando ambos, casi al instante, la mirada. Tampoco hablaron. No sabían qué decir.
Se detuvo el convoy al fin en Copilco, ella se bajó con un simple y tembloroso “adiós” y luego el pitido del metro anunció el cierre de puertas y el consiguiente avance.
Biopsiando a través de mi libro su cara de bobo, imaginando el monólogo de sus pensamientos (“¡Wuaa!¡ La besé, wey! Muy bien. Ya chingaste. ¿Muy brusco? Naa… Estuvo bien. Se notaba que ella también quería besarme. Y además, abrió la boca y movió la lengua, carnal. Ufff… cuando se lo cuente al José… ¡Chingón! mañana la beso otra vez. Después de clase, al despedirnos. O de camino, en el parque…¿Se dio cuenta el wey del libro? ¡A la chingada el wey del libro! Yo creo que no. Anda con la nariz metida en esa cosa y los audífonos puestos. Seguro que está en su pedo…” )
Hoy sólo quiero apoyar la cabeza sobre el vientre de una mujer cualquiera mientras ella lee o mira la tele sin hacerme caso, buscar su sexo y que ella chiste y me diga no, y cierre las piernas y me aprisione la mano y me duela tanto la mano que acabe en urgencias, examinado por un traumatólogo bizco (amigo de mi amigo Federico, amigo imaginario). Que el traumatólogo se confunda y me vende la otra mano (por la situación de sus ojos), la que no me duele, la izquierda, y yo no le diga nada por no molestar (sí, así soy….almenos cinco inutos al mes) y salga del hospital con el brazo erróneo en cabestrillo y entre a mi coche y maneje el volante con la mano mala (que aún huele al sexo de la mujer cualquiera que cerró las piernas) y se monte otra mujer tan guapa como me dé la gana y me indique otra ciudad como destino y luego me pregunte por el vendaje y yo mienta y diga que me mordió Jacinto, mi koala, al robarle un par de chicles de bambú.
- ¿Tienes un koala?
- Sí. Lo heredé de mi padre.
- ¿Tu padre murió?
- No. Fue una especie de herencia en vida – (tampoco es cuestión de matar a mi padre, no?).
Que luego paremos en un Oxxo y que, tras el tercer Red Bull, la mujer me confiese estar huyendo de la policía por un asunto de tráfico de almas (roba almas de gente con alma y luego se las vende a políticos, a empresarios y a escritores de libros de autoayuda) y yo reaccione diciendo que no me importa, que sólo quiero apoyar mi cabeza en su vientre, por favor, y ella acepte y me arrastre hasta el aseo de la tienda, se tumbe sobre el mugriento suelo, se suba la blusa y yo me tumbe formando una “T” con su cuerpo y plante mi oreja a la altura de su ombligo y luego busque con mi mano mala, la que duele, su sexo y ella cierre las piernas y…
(…sigue tú la secuencia)
Hoy estoy ultrasensible. No me toques. Me harás daño.
Hoy mi piel se dio la vuelta. Todas las heridas al aire. El aire son cuchillos.
Sladré cubierto, sólo de noche…el sol violaría.
Caminar sin tocar a nadie…hoy me dan miedo.
Y escuchar, quizás, alguna canción de los Rolling Stones, la que sea pero sólo una, siempre la misma, una y otra vez, y otra, y otra. No por su música, ni por sus letras, sino por su voz. La voz de Mike Jagers hoy encaja.
Y llorar suave aunque las lágrimas no me dejen ver el mar. Aquí no hay mar. Todo es mentira.
Que al llegar a casa estés dormida, por favor. Y me tumbe encima de las sábanas, sin cubrirme….dolerían.
Y ahí quieto respirar lo justo para no despertarte. No sabría qué decir si despiertas con ganas de abrazos o palabras. Hoy todo duele. Como si las paredes del corazón fueran de velcro y las costillas también, macho y hembra, y en cada palpitación sonara kkkkjjjjjjasssshhhh. Una sensación rarísima.
No es que hoy no te quiera, amor. Es que hoy no me soporto.
No me apetece ser yo. Tal vez mañana. O el día quye sigue. O el mes/ año entrante. Quiza en otra vida.
PD: No, no hay nadie en cama, sólo una moneda fría, pedazos de piel, yo y ahí abajo la soledad.
PD2: Cada día duermo más tarde si es que duermo....eso no va bien XP
Todas las parejas que pasan frente a mis ojos encajan, pegan, cual Guanina y Citocina. Su unión no es casual. Todas guardan un lógico equilibrio: Las novias o mujeres de los chicos, señores (hasta niños) guapos son guapas, de los gordos, gordas, de los adinerados, niñas bien (de esas con perlas en las orejas y ombligos y modales maristas), de los pocacosa, mujeres de cuidado. Los novios o maridos de las sumisas son cabrones machistas, de las hippies, naturistas que andan en bici de cabello largo y ojos claros. Y si a través del físico no encajan, habrá una historia oculta o cierta pulsión psicológica o casual que seguro te hará comprender por qué encajan.
La cajera fea del Soriana seduce al agente de seguridad, y la guapa se coje al gerente (aun esté casado, según se dice). La guapa e inteligente directiva, hastiada de acostarse con guapos, buscará al de “belleza exótica”: feo pero atractivo, de marcada personalidad, seguro de sí mismo, misterioso, ecléctico, triunfador (ni puta idea de quien pueda ser así, pero los debe de haber, no?).
A los hombres viejos con mujeres jóvenes y guapas sólo los he visto en Polanco, Coyoacan o Lomas: ahí en restaurantes de moda o a elegantes mansiones. Nunca, jamás de los jamases los he visto en La Lagunilla, Tepito, El Centro, Tacuba, Azcapo, etc. (no son prejuicios, sino pura estadística).
Tendemos todos, pues, a aspirar (en cuestiones de amor) a lo afín, a la oferta que gire en torno a las posibilidades físicas, económicas o sociales de cada uno. El amor es clasista. El amor está condicionado. El amor es mentira. Buenas Noches =).
¿Los insectos tienen frio?
Ahora me pregunto yo hasta qué punto me interesa conocer la esencia de las cosas, su ciencia o el mecanismo de la misma vida: Que vengamos de la tierra o seamos como palomitas de maíz disgregadas por ese gran microondas (que necesita un doble piso) que es el útero de Dios. O si Dios estuvo al principio y luego se fue de putas (las mismas putas que él creó: ¿eso es incesto?) y nos dejó con las nalgas al aire, a nuestro libre albedrío. O si Dios no es más que un concepto creado por el hombre, el comodín que usamos cuando nos faltan respuestas.
O puede que la vida no sea más que un mero trámite, burocracia, el típico espacio en blanco de un formulario a rellenar por ti que lees esto ahora. Yo en mi espacio ya escribí la palabra “Biología” con tinta negra y papel carboncillo (la otra copia es para Alfonso Luis Herrera), y en mi futura lápida haré que pongan un botón grande rojo, que diga “no oprimir”, para que todo aquel que venga a llorarme o a escupirme pueda picarlo y reirse.
Y por mucho tiempo que viva, nunca será el suficiente. Y jamás querré conocer el mecanismo de mil cosas: porque las drogas son tan parecidas a las sustancias que el cuerpo secreta, y a ambas te vuelves adicto, como buen ejemplo. Quiero seguir pensando que es por arte de magia, la misma magia de la que está hecha la vida, o el amor (el que se atreva a descubrir la fórmula matemática que cuantifique el amor, LO-MATO). No quiero llenar mi cabeza de datos, sino de emociones: me interesan más los poemarios que los libros de Geografía (¿por qué saber el nombre de un río, si el agua fluye?).
(Jaja, amo mi carrera, pero tanta exactitud a veces me abruma.)
Quiero que el sexo sea sexo y sea rico. Que las paletas de sandía me refresquen en un aguacero, y que saltes junto a mi en los charcos. Sólo quiero que el dolor duela y que una sola caricia tuya consiga que se me ericen las vellosidades intestinales (proyecciones diminutas con aspecto de pelo que cubren el interior del intestino delgado. Contienen vasos sanguíneos y ayudan a absorber los nutrientes, provecho). Sólo quiero esa esencia pura, de las cosas, sólo eso, y disfrutar el purificarlas.
PD: Agente N, gracias por hablar de la polilla/mariposa con frio. Jaja, yo obtengo oro de las cenizas XP
Sé que sabes acerca de las historias medievales, sé que has leído o visto algo acerca de ellas y te has maravillado con las imágenes, los paisajes, las armas, las historias (y por qué no? Las doncellas y guerreros), y que has fantaseado con formar parte de una de ellas. Un imponente guerrero de brillante armadura y despiadada espada? Un omnipresente hechicero de barba blanca y conocimientos insuperables? Un líder de gran valentía e inquebrantable temple? Una elfo de exuberante belleza y habilidad proporcional? Un o una mercenario que quiere volverse rico o rica? Todo es posible.
Pues esta noche, con la luna observándome desde lo alto, con Caelum mi halcón sobrevolando la noche lluviosa y mi caballo Vladimir galopando sobre la hierba. Te invito con nosotros a escribir la historia, a formar parte de un foro de rol y vencer a las oleadas de muertos vivientes que azotan las tierras de Iserboir. Con tu ayuda podremos hacerlo, te nos unes?
El salón de los heroes, nuestra historia comienza.
Levante la cara y les vi. Tres humanitos, dos chicos y una señora (mamá de ella, nomas porque quise). La pequeña no tan pequeña Alejandra, en el centro, entre su madre y su amigo Saúl. Los niños no tan niños (compañeros de clase, me gritaron sus uniformes) tendrían 11 ó 12 años; la madre tendría unos cuarenta y pocos años.
Regresaban de la escuela, con las mochilas en el suelo del vagón y el suéter en la cadadera. La madre de Alejandra se ofreció a regresar también a Saúl, en uno de esos favores que suelen hacerse los padres cuando no todos pueden (o quieren) acompañar a sus respectivos hijos.
Ella, la madre de Ale, miraba el túnel por el cristal mientras los nenes no tan nenes permanecían serios, formales y en silencio. Aunque nada más lejos que la realidad, una mentira más en la ciudad: De reojo y al menos durante un instante, me percaté también del dedo meñique de él tratando de rozarse a propósito el meñique de ella. Luego, siempre atentos a cualquier giro visual de la madre, se regalaron un par de miradas nerviosas, sonriendo con los labios apretados y las mejillas (al menos las de ella) en creciente sonrojo. Sin duda eran novios primerizos, clandestinos, de chocolate.
Intuí que ese miedo a ser sorprendidos por la madre era nuevo para ambos. “¿Miedo o morbo?” pensé. En lo que dura el primer amor todo es misterio, incertidumbre; pureza de un instinto desinteresado, no sexual (o al menos, por ahora, al menos así lo creí). Apenas aprendes a besar, y cada beso es un mundo. Y del roce entre dos dedos haces un mundo. Nunca sabes qué vendrá después o si lo sabes no te atreverás, por el momento, a dar el paso por miedo a tropezar y aparentar torpeza ante los importantísimos ojos de tu primer “Saúl” o tu primera”Alejandra”. El amor más puro es torpe y huele a nuevo. Como recién salido del paquete. Con el unicel que evita que se maltrate.
El segundo amor ya no es lo mismo. Está viciado: Arrastra la experiencia del primero. O al menos, yo así lo recuerdo.
PD: Cambié los primeros nombres imaginarios de ellos, respetando así su tranquilidad y anonimato, gracias.
No se puede hacer nada, no, ya no ya, ya, ya. No lo quiero, no mi fin, no ahora. Que sea rápido, que termine de una vez, que entierre el acero en mi corazón y lo ofrezca a los dioses. No, no puede hacerlo. Quiero que lo haga. No tienes ningún derecho! Tengo el mismo que tú. No, no, no, no, yo no moriré contigo, yo merezco vivir. Si yo muero tú lo haces, tarde o temprano, pero mueres. No, no, no, me ayudará a superarlo, a vivir en paz, a seguir adelante, ven hermano, ella es nuestra esperanza, ella es.... Ella es la causante. ¡No! Lo sabes, abre los ojos por Dios. ¡No! De acurdo, no veras como morimos, entonces. No lo hagas, no hay otro camino. Lo hay…debe….debe de haberlo. Muéstramelo y lo seguiré. No…no puedo ahora. Ven vámonos.
Hermano por favor, la temperatura desciende. Caronte nos espera, no olvides las monedas. Tendrá plomo, las monedas valen menos. Bien dicho. ¡No! Vamonos. No, por favor. No querras estar aquí, ella te abandono. No, regresara, debe regresar, no puede hacerlo no…Sí, si puede, abre los ojos, ya lo hizo. No…esa maldita, esa…esta ahí, con la guadaña lista, con…con…con esa aura de tranquilidad. Te lo dije. No es lo correcto. No, no es. ¿Por qué lo haces? Porque es lo mejor que tenemos a la mano. No, yo, ya….me rindo. Gracias, ven siéntate. ¿Listo? Yo….yo…sí. Cierra los ojos, descansemos.
...
Y entonces entonaste dulces gritos
comenzó el más viejo de los ritos
¿fuiste tu, fui yo o sencillamente fue algo superior?
y añadiste “si lo hacemos, tonto mío,
pues hagámoslo como es debido"
“y ¿cómo es eso?” pregunté y tú me dijiste “justamente así no”
y paraste, “me lo tengo prohibido”
yo protesté empapado y más que aturdido
y ahora sí que sí que yo...
me he perdido.
...
Me he perdido, de Nacho Vegas, está buena, no?
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