Sueños.
>> martes, 24 de julio de 2012
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Te escucho en silencio, cada palabra es un ariete en mi cabeza y cada sollozo son cientos de flechas dando contra mis sienes. Asesino mis cuerdas vocales por respeto a tu duelo antecediendo al mío (la calle no importa, la sangre tampoco, sólo estás tú, lo que me interesa eres tú). Te veo entre nuestras lagrimas y sólo alcanzo a escupir uno que otro “ajá, ajá” junto a borbotones de sangre. ¿Qué puedo decir ahora que parezca reconfortante?
Aquí, viendo la lluvia de estrellas sobre el callejón, no puedo engrapar las fisuras de tu pasado (ni del mío, ni del nuestro), pero sí tenderte un cachito del tiempo que me resta, el tiempo que duren las pulsaciones, o lo que tarden las sirenas en llegar, lo que pase primero pero que prolongue a su vez tus palabras.
Y siguiendo el hilo ahora comprendo por qué me lo estás contando precisamente a mí, un nuevo desconocido debido a los años apartados. Ahora sé que todo tu entorno está implicado, que todos forman parte del problema sin saberlo. Cometiste un error que no te perdonaría nadie de los que dicen quererte… Tal vez te pese más comenzar de cero y huir que afrontarlo o negarlo o esconderlo bajo siete llaves. Aunque ciertas cajas fuertes acaben por oxidarse por dentro y lo pudran todo.
El paso del tiempo cura heridas pero no regenera las mutilaciones del alma. La memoria no siempre actúa como la cola de una lagartija, sino como un miembro que se pierde y nunca crece.
No puedo decirte nada que te reconforte, pero si proponerte algo:
Usar una prótesis que compense el muñón de ese error. Aprende a vivir con tu cojera: hazla sexy. Empieza de cero si es lo que quieres, pero asegúrate de que tu nuevo entorno sepa que la nueva Eva no es la costilla de ningún Adán, sino la que mató a la serpiente de su pasado. Tampoco trates de evitar que esos lindos ojos rojos te delaten. Las lágrimas te sientan bien. Hacen juego con la sangre que baña el suelo y mi camisa (los peritos rodearán con gis las gotitas de lágrimas, como si fuesen pequeños cadáveres junto al mío).
Supongo, ahora que tengo el puzzle resuelto (o que creo tenerlo, realmente, pero dado el poco tiempo que tengo diré que está resuelto), que al haberme afectado cometiendo ese error creíste que disparándome, el error se limpiaría de tus antecedentes. Espero no ser ahora el parte aguas de un mal inicio. Corre, las luces titilan en la calle de junto y los policías comienzan a bajarse de las patrullas. Suerte. Adiós.
Eliminados ya los momentos más propicios por cobarde (y pendejo), el adolescente al fin cerró los ojos, se armó de valor y besó a la adolescente por primera vez en el asiento longitudinal del metro. Giró la cabeza hacia ella y, al ver que ella no giraba la suya dobló su cuerpo hacia sus labios y la besó. Al primer contacto ella se mantuvo quieta, erguida (no lo esperaba o al menos no ahí, no en el túnel entre Zapata y Coyoacán), pero luego se dejó besar, abriendo un poco la boca, sólo un poco, a la espera tal vez de su lengua, la primera lengua ajena en contacto con la suya.
Rara sensación pero a su vez excitante, como toda novedad mitificada en los juegos de la escuela, en las películas, en la televisión o en las canciones. Así pues, en el instante del beso, ambos sabían lo que tenían que hacer aun sin haberlo hecho nunca: Pegar sus labios y dejarse llevar él por ella y ella por él. Tantear luego el terreno sacando tímidamente la lengua, como sin querer, buscar la opuesta al otro lado de la frontera de sus dientes y que las lenguas se rocen y se ablanden si están tensas y se muevan lentas; que nadie interpreta la urgencia en el otro.
Después es cierto que cuesta saber cuándo dejar de besarse. Ellos dos lo hicieron sin más, quedó algo frío: Separando él su boca de ella y apartando ambos, casi al instante, la mirada. Tampoco hablaron. No sabían qué decir.
Se detuvo el convoy al fin en Copilco, ella se bajó con un simple y tembloroso “adiós” y luego el pitido del metro anunció el cierre de puertas y el consiguiente avance.
Biopsiando a través de mi libro su cara de bobo, imaginando el monólogo de sus pensamientos (“¡Wuaa!¡ La besé, wey! Muy bien. Ya chingaste. ¿Muy brusco? Naa… Estuvo bien. Se notaba que ella también quería besarme. Y además, abrió la boca y movió la lengua, carnal. Ufff… cuando se lo cuente al José… ¡Chingón! mañana la beso otra vez. Después de clase, al despedirnos. O de camino, en el parque…¿Se dio cuenta el wey del libro? ¡A la chingada el wey del libro! Yo creo que no. Anda con la nariz metida en esa cosa y los audífonos puestos. Seguro que está en su pedo…” )
La puta, literal, se quedó dormida en el asiento trasero del taxi, pero justo antes de cerrar los ojos y dejarse violar por Morfeo, dijo:
- Las putas son ellos.
Sharon (nombre falso, como sus senos) no era una puta de libro, sino un puto libro abierto: Filosofía urbana en estado puro. Lo supe desde el primer momento, cuando nada más subirse a mi taxi me dijo:
- Al velatorio más próximo, por favor.
- ¿Nicho, urna, cremación, ataúd? - pregunté yo.
- No. Estoy muerta, pero no es para tanto. Sólo quiero tomarme un café. A estas horas no conozco otro lugar donde lo sirvan - (jueves, tres, treinta de la mañana).
Mientras nos dirigíamos al velatorio militar, nuestras miradas se cruzaron a través del espejo retrovisor. Entonces me dijo:
- Sí, soy puta.
- Sí, soy taxista – respondí yo.
- ¿Y te llamas?
- Alejandro.
- Yo me llamo Sharon, pero mis clientes más íntimos me llaman "la hija bastarda de Dios" - dijo tendiéndome la mano desde su asiento trasero.
- Dios no existe - dije yo.
- Yo tampoco. Después de cada cogida mágica, desaparezco.
- ¿Mucha magia hoy?
- Cinco casados empeñados en encontrarme el truco.
- ¿Lo consiguió alguno?
- No. Sólo tú.
- Yo no soy tu cliente. Es más, te pienso cobrar por esto.
- Y harás bien. De algún modo yo también soy taxista aunque, en mi caso, sólo que de cintura para abajo. Mi taxímetro se acciona con la bisagra de mis piernas.
Llegamos al velatorio militar y me invitó a un café a modo de paréntesis para llevarla después a su casa.
- Los velatorios son cabarets sin música - me dijo mientras echaba dos de azúcar en su café.
Luego me contó su historia. Era puta militante, licenciada en filosofía.
- Tengo 32 años, pero aparento lo que mis clientes quieran pagar - me dijo al tercer sorbo.
Me habló de las mafias y de las mujeres forzadas a ejercer la prostitución. Al decir esto su cara se tornó más seria:
- Yo soy puta porque quiero. Ellas, no. Y cambia de tema, que se me amarga el café…amargo.
Pagué yo los cafés. Luego volvimos al taxi y continuamos el trayecto hasta su casa. Ahí fue cuando se quedó dormida. Al despertarla y pagarme el trayecto ("Toma, puta", me dijo tendiéndome un billete) me pidió mi número de teléfono:
- Quiero que seas mi taxista de cabecera.
Y yo, obviamente, lo acepté.
PD: Hoy me toco viaje en taxí, de los cuartos para aca, traía la lap, no la pondría en riesgo a lo wey. Como la mayoria de los taxistas que me he topado, el de hoy me siguio la plática. Me conto de un accidente en la carretera (por eso lo del velatorio), que hay una vecina que es prostituta (por eso aquello de la puta), y que él pertenece al turno nocturno (por eso la hora del encuentro).
Enjoy
Subió al taxi con un ramo de flores (flores distintas, apenas media docena, ninguna rosa, ninguna igual a otra, envueltas hasta la asfixia en papel celofán). Traje gris con chaleco, pañuelo color vino y corbata a juego, esencia de Barón Dandy, cabello fino y canoso, ojos profundos, cejas pobladas. Parecía uno de esos galanes de cine en blanco y negro. Extinto y sin embargo imponente.
- Al Café Quijano, por favor - me dijo con voz gruesa (voz fuerte, envolvente, como remasterizada en Dolby Digital).
Durante el trayecto aquel hombre sujetaba con ambas manos el tallo del ramo de flores, lo agarraba fuerte mientras se mordía los labios (cuarteados de tanto usarlos, supuse). Estaba nervioso pero quería no estarlo; aparentar la misma entereza que demostraba su propia voz.
Habría puesto demasiadas esperanzas en su efecto, en la primera impresión visual de aquel ramo (¿tendrá cada flor distinta su propio sentido?), la impresión de ella al tomarlas como gesto ya caduco pero fiel, al fin y al cabo, a su significado. Las flores siempre tendrán ese lenguaje no verbal que dice tanto sin decir nada.
¿Cursi quizás? A él le daba igual.
“El amor es cursi pero yo la quiero, ¿verdad? Prefiero ser cursi a no ser nada para ella. Que interprete sensibilidad bajo esta voz gruesa, delicadeza y blancas intenciones en mis primeros gestos. Besar su mano. Mostrarme atento. Cortés. Hacerla sentir princesa en el marco de un café tan antiguo, con historia, elegido no por casualidad.”
Cuando llegamos ella ya estaba esperándole sentada al otro lado del cristal (unos 60 años, como él, de belleza arrugada, también elegante). Supe que era ella porque los ojos de él se clavaron en su silueta. Luego lanzó un suspiro.
- ¿Qué le debo muchacho? - me dijo ahora con la voz temblando.
- 37 pesos, - dije (qué grotesco suena hablar de cifras en situaciones como esta).
- Tome, tome - me tendió un billete de 50 y se olvidó del cambio. Antes de dárselo ya estaba en la calle, entrando en el Café Quijano, aprovechando la intimidad visual de una columna para arreglarse el nudo de la corbata y adecentar las arrugas del papel de celofán.
(el video, para que se den una idea de que es un Dandy, para todo aquel que no los conoce...y adivinen qué, es Café Quijano XD)
Realmente no sé cual sea tu necedad, sí, ni siquiera yo. Llevo casi veinte años aquí dentro y con los dedos puedes contar las veces que me has hecho caso. Hoy la viste, sabes que mañana se va a una fiesta a la cual no iras por la escuela. La celas. Con una necedad increíble la quieres saber tuya. Con una necesidad increíble imploras que te ame. Un beso se alarga a la oreja, de ahí baja al cuello. La pasión aumenta gracias a la penumbra. En un momento tus dientes juegan con su piel, sobre ese lunar que te vuelve loco. La muerdes, ella gime y se retuerce, se estrecha contra ti. La muerdes, la marcas. Ella pierde la cabeza fácil, se excita con sencillez, lo sabes bien. ¿Crees que a un tipo le importará ese moretón en el cuello cuando la desnude y se la coja? Ja! No, no le importará, y tú te morirás de angustia en el salón de teoría, y querrás llamarle pero no lo harás y yo me irritaré de nuevo. Después me culparás por tu torpeza.. No me haces caso, pero me escuchas, he ahí el problema.
Read more...Tienes sueño pero no quieres dormir, no te puedes dormir ahora. No en el asiento incomodo del metro, no en un trayecto tan corto como este. Me lo dicen tus párpados a través del rabillo del ojo. Tus párpados luchando en contra de su propia voluntad... unos párpados que ahora pesan mucho más que tú... mucho más que el mundo que te rodea... como si las pestañas que los adornan fueran de plomo... o polos opuestos a las pestañitas de abajo (¿tienen nombre las pestañitas de debajo del ojo?)
Te debates entre dos mundos, en esa estrecha línea que te hace ser sin estar, confundirlo todo, mirar los andenes, y a los vagoneros, y la gente, y a mi, pero vin ver nada. Ahora intentas espabilarte. Cruzas las piernas o golpeas los vidrios para que sea tu propio cuerpo o el mismo viento o el ruido de los rieles quien te mantenga alerta. Yo, por mi parte, también trato de ayudarte (soy un profesional de la vigilia). Hago ruido con el libro, con el celular y el iPod, hago que la gente tropiece copntigo, para para que no caigas en los brazos de un Morfeo al que no has llamado.
Me hace gracia verte despertar a intervalos pequeños y reaccionar disimulando que nunca llegaste a dormirte cada vez que el metro se sacude o te meto un dedo imaginario en la oreja. Reaccionas como si no quisieras que nadie te viera dormir aunque sepas que nadie te está mirando, ni siquiera yo, que te miro sin que sepas que miro. Pero el sueño vence al fin, sin remedio. Te duermes y entonces te veo tan plácida que me contagias: Ahora yo también tengo ganas de dormir, o al menos de soñar lo mismo que tú, participar en tu trama. Así que me cambio de lugar, tiro mi mochila al suelo, me acoplo en el asiento del pasillo, a tu lado, y cierro los ojos y convierto mis manos extendidas en almohada, como rezándome la mejilla derecha y me duermo a la de tres. Cuando nos despertemos trataré de explicarte mis motivos, cariño.
Nota onírica: Esta entrada nunca existió. Lo soñó ella. Yo sólo me metí en su sueño para transcribirlo.
No me lo esperaba “Hola hugo, qanto tiempo!! T aptc 1 kfe?” decía el mensaje.
Ese mensaje, repicando en la pantalla de mi nokia, era de Low, una ex a la que no veía desde hace unos tres años. Low y yo mantuvimos una de esas relaciones fugaces pero intensas, apenas un par de meses durmiendo a diario en su cama o en la mía, compartiendo sueños y legañas. Rompimos en mil pedazos por un simple error de forma. Yo era fiel a aquella cita de G.G.M. ("Todos deberíamos tener tres vidas: La pública, la privada y la secreta"), pero ella no supo o no pudo entender la diferencia entre "privada" y "secreta", y ahí acabó todo. Con dolor. Mucho y estúpido dolor.
Poco, muy poco tiempo después de aquello supe, con punzaditas en el hígado, que me había reemplazado por otro (pin…che Facebook), y pues…aquí estamos.
Lo primero que pensé al recibir aquel mensaje fue que había roto con el tipito (pendejo) ese. Me metí en su Facebook y comprobé que, efectivamente, ya no estaban esas carpetas de Viajes, Iztacala y Aniversarios donde aparecían juntos (las había borrado), y su estado volvía a ser el de "soltera" en busca de "amistad".
Entonces guardé mi corazón podrido de orgullo en la cartera y respondí:
Ok, a las ocho en el bar de siempre”
Me contestó al instante:
“ahí estare”
Cuando llegó la hora detuve el coche frente al bar. Allí estaba ella, al otro lado del cristal, tomando una cerveza y fumando (¿no lo había dejado?). Tan guapa como siempre (¿y si me invitaba a la boda?). Desde el volante, clavado en su imagen, comencé a recordar nuestras noches de sexo tibio y genial, de cuerpos como mapas sin brújula y de bostezos felices cada mañana siguiente (en realidad se llamaba Lourdes, pero yo la llamaba Low por sus "bajas" pasiones, en lugar de Lulú). Y pensando en esto, de súbito, me entró el pánico. Podría volver a pasar lo mismo, pensé. ¿Cómo sería el sexo tres años después de aquello?
Arranqué el Cooper y… encontré lugar dos o tres autos enfrente. Salí del coche y me dirigí a la puerta, pensando. Penetrarla habría sido como insertar una tarjeta de memoria en su correspondiente ranura, no me acobardaría por eso. Demasiados recuerdos…¿importa?
Entré al bar, desde su espalda alboroté su cabello y tome asiento. Me beso. La dinamita estaba encendida.
Tu cruce de piernas me atrajo más que la electronegatividad de cualquier atomo. Fue un cruce sin intenciones: el dorso de una rodilla encajando con la rodilla contraria, los muslos envueltos en un mayon negro como tu cabello (y quizá mis intenciones), y tu secreto a salvo bajo el telón de tu falda, de tu mínimo trozo de mezclilla. No querías seducirme ni mucho menos ser seducida. Solo era una tarde de estudio previa al examen de Química Orgánica, dos cabezas piensan mejor que una, aunque no exactamente lo mismo. Por eso, quizás, me atrajo tanto ese cruce de piernas: La belleza de los cuerpos está en sus movimientos cotidianos, en los gestos naturales de quien no se siente observada.
Y luego tu sweater grueso. El erotismo es eso: lo que escondes.
El deseo es querer conocer lo que escondes, compararlo con la imagen mental que ahora tengo de tu cuerpo desnudo. Tras eso, llámame hueco o insensible, no hay nada. No hay amor, ni intención por conocer de ti nada más allá de tu cuerpo desnudo. Sólo es y será siempre pura curiosidad. Curiosidad poderosa, frustrante y sin embargo apagada por la compostura, por el sentido que, todos los mentalmente sanos, tenemos del pudor.
Así que conmigo puedes aprender tranquila. En lo que dure el semestre (o la carrera, como tú decidas) no trataré de saciar las dudas que ahora, sin querer, me has provocado. Dudas sobre la exacta curvatura de tus pechos, o el diámetro en 3D de tus pezones, o el nivel de tensión de tu vientre, o la humedad relativa de lo que más escondes. O puede que algún tatuaje imprevisto o un piercing oculto que hiciera saltar las alarmas de cualquier centro comercial…o de cualquier muchacho curioso que se cuele bajo tu blusa.
Y nos darán las siete y correremos a Molecular III. Pasará la hora y media como el agua, me subiré al metro y entonces me olvidaré de ti, pero no de tu cuerpo, o de lo que habría sido tu cuerpo sin las ataduras de tu ropa precisa. Una ropa que, de haber sido otra, menos precisa, más amplia, de haberme invitado menos a la imaginación, habría logrado convertirte en una compañera más de estudio, en la aprendiz de su discípulo, en una sombra pasajera en mi vida.
Que se mueran las facultades ateas de amor, los maestros bigotones, los alumnos sin ojeras. Que se pudran los relojes de Ciencias, los cristales antivaho, los mutiladores de conocimiento, los cuadernos sin poemas en la última página. Que revienten los coches coagulados, las charlas sobre el clima, los bostezos sin resaca, los ojos que no quieren ni pueden ni saben hablar.
Sólo quiero lo mismo pero más suave…que me dejen en paz, pero cerca. Poder besar con los ojos cerrados, poder cantar con los ojos abiertos. Sólo quiero querer quererte sin conocer tu nombre, creer que tu vida es mi vida invertida, que tu sol sea mi sal, que "sea" sea mar en inglés y tus ingles sean mías. Quisiera no dejar de bailar con las mariposas de tu estómago el vals del ecologista, vivir de tus legañas, matarte a besos para hacer una autopsia a tu alma. Que mi ser se convierta en tu estar, que el recibo de la luz que emitamos al rozarnos lo pague su puta madre.
Ahora sólo me faltas tú. (Tú no. Tú tampoco. Tú. Sí, TÚ). Así que deja lo que estés haciendo, cruza Reforma, detente frente a la Diana, levanta los brazos y cruza los dedos. Del resto me encargo yo.
Pienso en ti cuando hago zapping. En los cruces de peatones, en Las Islas, en las vías del Sub Urbano, en las calles de San Pedro. Tres veces al día, con mis ojos clavados en el rastro de tiza de un cadáver bajo la lluvia. Pienso en ti a cachos, por partes. Tú eres piedra, yo soy papel y mis manos tijeras. Trato de recortarte con miedo… o quizá párkinson. Difícil tarea para un niño venido a menos.
Son flashsbacks de tu espalda pixeleada. Momentos comprimidos, y en promoción de tres por dos. Tu pubis como el rostro de Dios. Tus pies rabiosos. Tu sangre de savia. Los toldos de tus párpados dando sombra a un Camaro. Tu aliento sin-cero (no, no es sincero). Tus migrañas. Tu goma del pelo ahorcando el cuello de mi orgullo. Tus besos suaves como un boletín de Gandhi entre mis labios. Pensar en ti es morder con las encías un jersey de mezclilla.
No es tu tacto, sino el recuerdo que tengo de tu tacto, la imagen mental de tu tacto. El sabor de las yemas de mis huellas sobre tu tacto. El olor a tierra fértil de tu tacto. Las ganas de emitir sonidos indescriptibles a través de tu tacto, de ser un cerdo en el reino de los dedos. Un cerdo pequeño y valiente, un cerdito vietnamita, pero un cerdo al fin y al cabo.
Tengo ganas de tenerte ganas. Ganas de resucitarte de entre los recuerdos muertos, asesinados a cabezazos y machetazos en el pecho. Ganas de desempolvar los píxeles de tu espalda.
Pero hoy no. No me encuentro bien. La puta AH1N1, supongo.
PD: He leído oído en la radio que si tienes asma, estás embarazada y/o estás viejo es mas probable que contraigas la enfermedad…yo fui asmático, ¿eso cuenta?
PD2: Puta mierda! Como puedo sacarte de mi cabeza si insistes en no salirte…y aparte eres necia chinga!
PD3: Buenas noches =)
Estaciones de Tlalpan, monotonía en la vida, tristeza y pesadez en los ojos de tus compañeros de viaje. Observas el reloj de pulsera que ella te regalo cuando se amaban, cuando el verse era sinónimo de emoción y tranquilidad, cuando esta carrera valía la pena.
-¡Mierda!- 15:13, hace trece minutos debías estar en la terminal del metro, y aun te falta más de la mitad del recorrido en el tren ligero, suspiras, hechas la cabeza hacia atrás. ¿Por qué vas? Ya no sientes nada, no te mientas, hazlo con ella si quieres, pero no contigo.
¿Que es sólo sexo?...más te vale.
Matas el sonido del tren sobre los rieles con el iPod y el nuevo disco de Trovador que fueron a ver juntos, te pierdes en sus letras, piensas en otra…piensas en otra…¡Bien! ese es un paso, el siguiente…disfrutar de la piel sin involucrar químicos que no sean semen y fluidos vaginales. Todo fuera de tu cuerpo y no dentro de tu cabeza, nada de feeling, nada de sentimientos, quizá un “Te amo” fingido. Mentiras despiadadas, camuflajeadas entre besos.
Llegas a las tres veintinueve de la tarde, ella te espera bajo el reloj de la estación, te acercas y sonríe, le sonríes al piso. Estas a punto de detener el reproductor pero un impulso te detiene “que piense que aun le importas, no detengas el iPod, no te quites los audífonos”, te impulso a pensar, se levanta y te besa…se nota triste ¿importa?. “Que espere que una de esas canciones está dirigida a ella, que aun le importas, miente sin hablar”. Ella cae en mi trampa, cierra los ojos mientras termina el beso, observa los audífonos, te quita el izquierdo y te mira a los ojos, (no sientes nada…¡Bien!).
-¡Fernando Delgadillo!- Dice con el entusiasmo que se aferra dentro de ella, la esperanza de que aun la quieras- Este disco no lo conozco, ¿es nuevo?
-Si…Desde La Isla Del Olvido lo compre en…-¡Ja! “Olvido”…esto del destino es gracioso-…plaza Universidad- si, cuando saliste con Dafne…mmm...eso no se lo digas.
-¿Me lo prestas un día?
-Seguro- eso no es mentira, solo… no sé, pero no es una mentira.
Te toma de la mano, te aprieta, tú no lo haces. Caminas esbozando una sonrisa falsa hacia las puertas del metro, entran y la besas. Se sonríe, acaricias su mejilla, la despeinas y cierras los ojos, quisieras que todo este teatro termine cuando abras los parpados, que ya estén en un hotel, desnudos y en extremos opuestos de la cama…o de la habitación si es posible, pero todo tiene un precio, no siempre monetario, un balance en el intercambio.
El precio de hoy es una salida al parque. Te guía de la mano y busca tus labios, se topa con una carcasa automática, que aun así besa bien. Juegan, ligeramente pesado, no necesitas el cinturón para sujetar los pantalones tan ceñidos. Se queja con el primer golpe, se apena pero aun así ríe, te besa. Da gracia como intenta hacerte daño, sangras pero no duele, el dolor físico no llega a ser tanto como el interno. Pasan cuatro horas, son las 19:32. Mientras rasguña tu espalda lames su cuello, se excita, discretamente cuelas una mano bajo su blusa, se mueve, le gusta
-Vamos- dices y te levantas con un dolor en la zona baja del vientre.
-A un…-no lo dice, le apena.
-…Hotel- terminas la frase.
Caminan hacia la avenida y ven un hotel de tres estrellas, y con un rotulo en la fachada que anuncia una promoción “Noche $350, Televisión por cable, Jacuzzi, cama masajeadora, espejos en un costado”. Lo señalas con los ojos, te vuelve a besar y apretar la mano, entran, pagas, suben al tercer piso, al cuarto 312.
La recompensa llego, el producto adquirido.
Tiempo muerto.
Tres de la mañana, terminan en un estruendoso grito, caes rendido a su lado, te vuelve a besar (parece una extraña costumbre, ¿no? tomando en cuenta que sólo es una “amiga”). Acaricias su cabeza “pobre niña ingenua” piensas. Cierras los ojos, ella se recuesta sobre tu pecho buscando el latir de tu corazón, esperando ser ella quien lo impulsa a moverse. Ella no lo sabe, pero hace meses que te abriste el esternón con un hacha, que sacaste el corazón, lo lanzaste por la ventana para que se lo tragaran los perros y anudaste las arterias para no morir por una hemorragia interna.
La noche es fría, el invierno más extraño que has visto en tu corta vida, el viento gélido se cuela por una ventana rota y se anida en la cama. Ella tiembla, no por la corriente helada, sino por el invierno crudo que ahora es tu interior.
Nuevamente frente a tu casa. Calle empedrada, paredes blancas, adoquines negros, tejas azules y ventanas amplias…como tus ojos. Vida dentro de ella, música de acetatos, vida segura, hermética, ajena al mundo que la rodea. Habitación superior derecha, la tuya. Tu cortina, cerrada como siempre, tu vida, ajena a la mía, como siempre. Caminé sobre un camino imaginario de rocas que deletrean tu nombre, anduve calle abajo, esperanza abajo…así no se llama la calle ¿verdad?
El bar que remata la calle sí lleva ese nombre. Extraño, pues ahí dentro la esperanza ha muerto…o no vivió nunca.
Entré como y junto al aire…sin llamar la atención de nadie, todos vienen aquí a estar solos. Pedí un vaso de vodka…vodka…vodka…boca. ¿En que bar consigo copas rebosantes de tus labios? No los comercializas, los intercambias, han sido míos….en parte lo siguen siendo…quiero más. Camino hacia mi esquina, la que huele a fresno, sal y cloro…Te quiero sólo para mí. Me has llamado “tuyo”… ¿Por qué no he de decirlo también? Tú quieres decirlo y saberlo real ¿verdad?
Se abren las puertas, entra una ráfaga de aire que se cuela por mi camisa, alzo la vista junto al vaso…te veo a través del fondo distorsionado. El aire trae hacia mí tu aroma, se mezcla con el olor seco del vodka, me gusta. Buscas una mesa. Caminas a mi rincón. Bajo el vaso cuando estas frente a mí. El mundo se congela. Ladeo la cabeza. Sonríes. Te invito a sentarte. Me besas…
Una historia más donde somos protagonistas, una más. Las historias se repiten, pero ninguna termina. No hay final abierto, simplemente no hay final, nunca hay final. ¿Escapamos del final? ¿Somos mutuamente cobardes? ¿No existo en tu final y viceversa? ¡Responde!
La historia…creo que ninguna ha sido parecida a esta, discúlpame por soñar.
Llueve. Se forma un cuello de botella, las llantas de los autos se extrangulan contra el cemento, las manos de los conductores lo hacen contra los volantes y pierden la ronda. Sigue lloviendo.
No puedo moverme pero la lluvia se mueve, me mueve por dentro sin mojarme por fuera del interior de este auto: La lluvia cae, mi piel seca y mis adentros encharcados, ¿alguien puede explicármelo?¿ Es cómo la ley de los vasos comunicantes pero entre mis Nike y el hule del tapete?, ¿no? es eso, ¿verdad?
Acciono el limpia-parabrisas y trago a la vez. La lluvia está fría y duele al pasar por la garganta. Las gotas no se mezclan al juntarse (como si fuesen “aguas distintas”, violadoras de la lógica de los enlaces), no, sólo chocan entre ellas como si fueran de cristal, y algunas se rompen, sí, y me desgarran la tráquea y la sangre me ahoga, no puedo respirar, ¿quiero respirar? ¿necesito respirar? y pienso en llamarte pero mis dedos son mucho más orgullosos que yo, y grito tu nombre pero solo salen pompas sordas de sangre cuajada que, por supuesto, no te llegan, nada te
llega aunque no seas sorda, ni ciega.
Nada te llega porque la vida me ha hecho tímido, arrogante, hermético, desconfiado… pendejo. No has sido tú. No he sido yo. Ha sido la vida, ¡no! ha sido la lluvia. Valiente excusa (puta excusa).
Y de seguir así, ahogándome sin llamarte, sabrás de mí por mi obituario (¿qué diría mi obituario?...mentiras, supongo), o por mis comentarios de detectives. Porque te reemputan mis libros de detectives, ¿verdad?, parece repelente cuando nombro a Holmes, a Belascoarán, a Burçak, o a cualquier otro pendejo o deductivo, o inductivo, o terco ¿verdad? Por eso no puedo ni quiero dejar de llamarte, y te llamo:
- ¿Dónde estás?
- En el metro, camino a Chabacano
- ¿A qué hora llegas?
- A las dos y cuarto.
Ni siquiera son las doce. ¿Podré aguantar sin ahogarme hasta entonces? ¿se pondrá mi cara azul? ¿me seguirás queriendo aun transformado en un puto pitufo de un metro setenta? ¿serás capaz de tragarte el agua de mi lluvia? ¿querrás ser el filtro de mis impurezas? ¿será tu sonrisa el sumidero que necesito?
¿Llegarás a perdonarme todo el lodo acumulado?
No cariño, no estás enferma, no estás deprimida. No es el frio, no le temes a la oscuridad. Sí, es el desamparo, la ausencia física, la angustia que sientes por ese chico, el ausente, el que quieres esta noche junto a ti. El mismo que está acostado en su cama, a cientos de kilómetros de ti, recreándote, congelándose en el invierno de tu ausencia, pensándote, soñándote, deseándote para sí, ¿lo ves?
Sienten lo mismo el uno por el otro.
Ahora explícame una sola cosa ¿Por qué siguen siendo sólo amigos, si ambos se aman?
(Tus ojos son claros, los suyos inocentes, no es difícil darse cuenta de eso)
Sin titulo por el momento, siempre escribo, los titulos...soy malo elijiendolos, buenas noches.
Hoy le toca turno a Sandra, la veré a las seis de la tarde en punto, en el ángel de la independencia. Como es mi costumbre, llegue a la avenida treinta minutos antes, para dar alguna vuelta, hojear algún libro, sonreírle a alguna chica, pasar algún rato sólo. En cierto momento vi a un chico que arrastraba (llevaba) a una chica completamente ebria a la avenida, lo conozco, trabaja en un bar cercano, la conquista de esta noche, supuse. En la otra acera, delante de mí, la chica de hace dos meses. La del Kahlúa Bar…que ojos…que labios…que pechos…que error. Es transexual…..con aluna piedra debí tropezarme algún día, ¿no?
Así, caminando sobre Insurgentes, a la altura de la zona rosa escuche una canción que ha sido mía desde Rebeca: “Con alguien mejor”, de Los Estrambóticos.
Es toda una historia, y sé quienes me leen la conocen, así que no será necesario agregarla a esto. Solo diré que se resume en cuatro minihistorias, en cuatro llantos, en un intento de suicidio y en incontadas (si, escribí “incontadas”, no “incontables”, contar sexo es de mala educación) noches en hoteles, departamentos, casas e incluso ríos…Lo cual termino creando una duda en mi cabeza. ¿En verdad hay alguien mejor? ¿Sí? ¿En qué?
Recuerdo a un chico, atleta, adinerado, de buen andar…”bonito pero estúpido”, con quien me quiso olvidar la chica S, él me odiaba y yo lo sabía. Un día, en una fiesta en la que coincidimos, ella me vio, yo no. El pinchador comenzó a mezclar canciones de La Cuca, La lupita, Los Estrambóticos, El Gran Silencio, Panteón… aunque algo más pincho mi espalda después de cuarenta minutos.
Reconocí la canción en los primeros versos y reí al recordarla, ya tenía a cuestas dos historias con ella, nunca creí que esa noche se sumaría una más.
En pleno trago de Red Label sentí una presión en mi zona lumbar, al darme la vuelta reconocí los risos de ella, las esclavas de oro de él, los ojos almendrados de ella, aderezados con ternura, que me veían como en nuestros tiempos (había culpado a los tres whiskies de la noche, hasta las tres cuarenta y cinco de la mañana).
-Es tu canción Vícto…- Lo único que escuche antes de que los labios de él asesinaran a la R de mi nombre en los labios de ella. Se fueron juntos, él con esa hermosa sonrisa estúpida en los labios, ella con los ojos viéndome a través de los parpados. Sentí un par de manos que jalaban las solapas del saco hacia mi derecha- No te preocupes cariño, yo te daré lo que esa perra no te d…- otra frase agonizante y un par de labios tintados de azul sobre los míos. No me costó trabajo encontrar a alguien…pasaron tres horas, risas, bailes, un par de besos subidos de tono y debajo del cuello…(supongo que el morado se notara cuando lave el azul sobre mi piel)
Terminamos la botella, me despedí de los amigos, y de la chica de nombre desconocido que bese esa noche. Llegue a casa, me desvestí, lo único que quedo sobre mi fue el collar de conchas y el dolor de cabeza. Cuando estaba por acostarme vi luces intermitentes en el celular, que indicaban un mensaje en el buzón de entrada. Eran las tres cuarenta y cinco, el mensaje de las dos de la mañana, media hora después del teatrito arriba descrito.
“Prdnam hectr staba muert d cls, no soprta q habl d ti, t vio y m dijo q keria q te nclara, me obligo a hacr sto, qando salimos disqtims, c enojo, m grito, lo trmine y fue peor, c fue y m dejo ahí fuera, tom 1 taxi para llegar a ksa, t ncsito a ti t kiero, llamam X favor”
-Es muy tarde, ya debe estar dormida, la llamare a primera hora de la mañana, espero no haga una tonteria. Ahora sólo quiero dormir y quitarme el labial azul de la boca, del cuello y del pecho- Dije a mi pared antes de tirarme sobre la cama y apagar la luz.
Y entonces, cuando me llega un mensaje de texto (una llamada, un golpe en la puerta) entre las tres y cinco de la mañana, es cuando sé que el otro no era mejor; que no dejo de ser “ella” por mi, simplemente se complemento; que le sigue importando esa tarde; más importante que las últimas dos: que me sigue extrañando.
Recuerdo la primer noche cómo manager de “The Crow Songs”, la banda de una amiga del CCH, tuve que cargar con la mitad del equipo en el golf que acababa de comprar. Cerca de las dos de la madrugada terminamos de desmontar el equipo y de llevarlo, entre cadáveres de botellas, al coche. Media hora más tarde había dejado al baterista, a la vocal y al bajista en sus casas, para la tres de la mañana descargaba los amplificadores en casa de Maribel (mi amiga).
-Va moko, nos topamos mañana.
-Chido moka, se la riffaron tocando.
Prendí la radio y conduje hacia la carretera. Al pasar por un túnel la radio se fue y entre la estática escuche un Tic-Tac que no era de un reloj, busque bajo el asiento del copiloto y encontré el viejo afinador de Mari.
Al llegar a mi casa (entre las cinco y seis de la mañana), con ocio y taurina en mi sistema, buque en el aparatito (y en mi cabeza) alguna utilidad práctica, mientras preparaba algo de comer. En esto, y aprovechando que la comida aun no se calentaba, me lo acerqué a la boca y solté:
- Dooooo...
En la pantalla del aparato apareció un signo "+" que, supuse, me indicaba que tenía que subir el tono hasta alcanzar un "Do" afinado. Modulé mi voz:
- Dooóóó... - del "+" pasó al "-", y bajé el tono hasta conseguir el "OK" del afinador.
Contento como un niño con cuerdas vocales nuevas (había conseguido alcanzar, con mi misma voz, un Do redondo) continué afinando el resto de mi espectro tonal (Reeééèè, Miiìíì, Faààáá,) tarea que me hizo despertar a papá molesto, pues era sábado.
Así, dominando mi voz con la entereza de un soprano, cuando mi papá abrió la puerta, solté en Mi bemol:
- Hola pa’, llegue bien ¿Cómo estás? - (el afinador, escondido en mi chamarra, me dio su "OK").
- Has menos ruido, ya me despertaste y sabes que después ya no me puedo dormir. En serio, te vas de fiesta toda la noche, no llamas, llegas tarde, hueles a alcohol y aparte me despiertas en la madrugada…(NdE:sermón demasiado largo para escribirlo entero) - me dijo desafinando en Fa "-", según el aparato.
Tres o cuatro reclamos atonales después (cuando papá se fue a dormir), buscándole otra nueva utilidad al afinador, se me ocurrió acercármelo al pecho. Por su pantalla comprobé que los latidos de mi corazón sonaban medio semitono por debajo del Re.
Entonces, a las ocho y pico de la mañana me llamaste. Nada más descolgar el teléfono y oír tu voz me afiné por dentro.
Aqui planeaba insertar un video de la banda de una amiga...pero son tan chaffas que tienen el nombre de un videojuego, así que queda pendiente para mañana...o cunado la vea/lea de nuevo
Esto del internet es una especie de droga, de una necesidad desesperante…¿o fue un virus que se coló en mi cabeza la última vez que me quede dormido sobre el teclado? ¿O la última vez que inicie sesión? No lo sé, pero lo que sé bien es que ahora manejo mi vida como si estuviera navegando por una red de calles con archivos adjuntos caminando por las banquetas…¿o circuitos?
Entro en la red subcibernetica del Ares y casi mando a la papelera a un archivo en formato PDF, y al teclear el “cancelar” se abre una ventana nueva que en realidad es un par de puertas, las del vagón…o código.
El avatar toma asiento a mi lado y comenzamos a chatear mientras, a través del Google Earth, llegamos a nuestro destino. En esto selecciono el videochat de mi lente derecho. El usuario parece ;-), pero luego se detiene todo (por saturación de la red, supongo) y su rostro se torna :(
Abatido por su nuevo emoticono pulso Esc, pero el sistema no responde; seguimos atascados entre M.A. de Quevedo y Copilco. No me queda otra opción que apagarme y encenderme.
Apagarme es fácil. Sólo tengo que presionar ctrl.+yugular+un tecleo fuerte en mi quijada.
Pero pierdo el conocimiento.
Unos cuantos bytes después alguien me reinicia mediante un masaje cardiaco. Abro los ojos: Es el pingüino de Linux clickeando sus aletas sobre mi torso desnudo.
Estoy vivo gracias al Software libre.
Otra transfusión DOS, y a seguir ching...andando.
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Sí, el titulo es parecido al slogan de alguna marca de Vodka que saben que me gusta...no es mera coincidencia, quiero una botella!!! y ya mero es mi cumple he! jaja.
Por alguna extraña razón, cuando fuimos pareja nuestros horarios nunca coincidieron. Pero hace una semana, después do otras cinco de haber terminado “en paz”, nuestros caminos se cruzaron en el camino a metro Copilco.
-¡Joaquín!- Escuche a mis espaldas cuando le daba una calada más al ultimo camel de la cajetilla- Si viniste.
-¿Perdón?- pregunté confundido.
-Te mande un correo esta mañana, te dije que quería verte en mi casa…bueno, en mi facultad o el metro y de ahí a mi casa.
-Karen, tú sabes que leo los correos sólo en la noche, y anoche…no estaba en casa- Sí, me había acostado con otra en un hotel de mala muerte, pero…no tiene porque enterarse, ¿no?
Hubo un silencio bastante incomodo, busque otro cigarrillo, mismo que me había fumado apenas salía de C.U. Ella fue quien prosiguió la plática
-Es cierto, pero…ya estás aquí ¿Tienes algo que hacer en la tarde? También sé que no llegas a la clase de los viernes y que no te importa mucho.
-Yo…
-Anda vamos…
-Vale, el metro es hacia allá.
Recuerdo que abordamos cuando aun había luz, que la hice prometer no morderme hasta Centro Médico, que pase a comprar una nieve de limón “made in USA”, que “jugamos” infantilmente en el piso del vagón, que llegamos a la estación Tacuba y ella me hizo bajar ahí, que la oscuridad anunciaba las 9 o 10 de la noche.
-El camión sale en la calle de atrás.
-Si, lo sé, fui en una ocasión a tu casa, ¿lo recuerdas?
-Cierto, perdón
-No importa, ven, sígueme.- Camine hacia la izquierda de la salida de la estación.
-Pero por ahí no se llega.- Replico, viendo hacia la dirección que nos llevaría a los camiones de San Pedro.
-Te dije que ya sé, no voy hacia la parada.
-¿Adonde me llevas?- Pregunto relajada, esperando a que le contestara algo que ella esperara.
-Alan me debe varios favores, que me preste un auto y te acerco a tu casa.
Ah- dijo en tono automático, frustrado.
Llegué con mi viejo amigo de la infancia. Adinerado y poderoso gracias al tráfico de ciertas sustancias ilegales, podía permitirse tener los lujos que yo sólo soñaba. Me prestó un Mini Cooper negro, él sabe que ese auto me gusta, lo que no sabe es que a ella también le gusta. Ella buscaba indicarme el camino, sólo me daba indicaciones para entrar por callejuelas solitarias, desconfié más de lo que dudaba ya.
-Es mejor por las avenidas principales, no nos perderemos.
Silencio de cuatro cuadras. Trafico a menos de vuelta de rueda a espaldas del CCH Azcapotzalco.
-Quería verte en un lugar más…intimo, por eso dije lo de mi casa, está sola.
-¿Intimo? Lo hubieras dicho antes.
Saqué de la mochila varitas de incienso de lavanda, un par de velas aromáticas en forma de gato, otra de manzana, otra en forma de corazón y las acomode en el tablero del coche, encendí todo. Una botella de Absolut se asomo por el cierre principal, junto a una charola de sushi que compre en la facultad. Baje el termostato y con el vaho de mi aliento empañe las ventanillas hasta volverlas blanquizcas. Más intimidad en el momento era imposible. Comimos y bebimos con las luces navideñas sobre nosotros y un coro nada angelical de claxons que aumentaba cada que los autos de adelante avanzaban. Alcochol de $200 sin vasos, con la botella puramente empinada.
Entonces, a unos metros de habernos incorporado a periférico, cerca de Santa Mónica me ladeo la cara y me dio un beso disfrazado de mordida en mi labio inferior.
-Te dije en el metro que te mordería- Dijo en tono provocador mientras reía a lo cual, obviamente, respondí con una mordida sobre sus dos labios. La llama de un gato se había consumido antes de hacerle mucho daño, el segundo gato, negro, estaba decapitado, la manzana…parecía que se la habían comido al revés, del centro hacia fuera, el corazón…poco a poco se separaba en dos mitades. Me salí de periférico y orille en la lateral. Antes incluso de apagar el motor, ella levanto las rodillas, se abrazo a si misma, se saco el corazón por la tráquea y me dijo:
-Quiero volver a intentarlo.
-¿Hace cuanto que no hablamos?...hablar en serio, sin tapujos, sin evasiones ni cerrando los ojos.
-Desde aquella entrada, ¿la recuerdas? – Eso me asusto, lo reconozco.
-¿Qué es lo que quieres?
-No lo sé, un abrazo, un cobijo
- Diste dos respuestas después de ese “no lo sé”. O realmente no lo sabes, y no sé como esperas que yo lo sepa; o lo sabes y no tienes el valor para decirlo, sabes bien que eso me causaba frustración y lo sigues haciendo.
- Vas empezar.
-No, ahora son sólo anécdotas más, quizá te sirvan para arreglar algo, quizá no. Quizá encuentres a alguien que se adapte a ti y no busque ayudarte a crecer. Quizá …quizá no quiero que sepas que es lo que pienso, creo o siento, para evitar que me hieras de nuevo, no abrirme el esternón a lo pendejo mientras tu juegas con un bisturí en los atrios donde habitabas.
-¡Ash!- Soltó mientras abría la portezuela y corria hacia la parada de camiones, alcance a ver que abordaba uno y que este se alejaba lentamente de donde yo estaba. De tres soplidos apague el gato decapitado, la manzana y el corazón dividido.
Lo volvió a hacer, se volvió a cerrar de corazón y de mente cuando yo planeaba hablar con el alma desnuda…ella lo pierde y ella me hiere, que en un futuro no le sorprenda que en un futuro la tome como una cosa más. “Las cicatrices se vuelven corazas” leí en el blog de un amigo de mi hermano, de un chico de CCH que dejo de escribir cuando entro a la universidad.
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